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Crónicas de un arresto anunciado 2da parte Durante el viaje hacia la cárcel federal el ánimo afloró a nuestras caras, se nos unieron dos compañeros, uno era una chica de bellos ojos azules, capaz de conquistar el mundo ella sola. Cantamos hasta que la voz se apagó al entrar por los portones de la cárcel a eso de la medianoche. Ya en ella, nos encerraron en una celda común, fría y de cemento igual de frío. Hablamos, hicimos chistes tratando de matar el tiempo que intentaba matarnos a punta de cuchillo de palo. Como dos horas larguísimas pasaron hasta que nos llevaron a cambiar nuestro atuendo mojado por el uniforme de confinados. Entre las entrevistas, las fotos, las preguntas, las huellas digitales, las idas y venidas al baño, pasó el tiempo y dieron las cuatro de la mañana. "Tengo que llamar a mi abogado, a mi familia", "No se puede, tienen que esperar a mañana". Nos condujeron a las celdas con las reglas bien leídas y firmadas: a las seis el desayuno, si no apareces lo pierdes. De siete a nueve es limpieza, no te puedes bañar a esa hora ni antes. Sin acabar de leerlas todas con el deseo de que amaneciera, nos tiramos a la cama a las cuatro y media de la mañana. A las seis, una mano tocó con fuerza a la puerta y la abrió. El encuentro con los compañeros fue de fiesta. "Nos llevarán al magistrado a las nueve", "Tengo que llamar a mi familia, al abogado." "No se puede, lo harán desde la corte." Nos sacaron de la población y nos encerraron en otra celda fría con la ropa mojada del día anterior. Cantábamos y hacíamos chistes para mantener el ánimo arriba hasta que una hora y media después llegaron los marshalls para esposarnos de manos y pies. Los cánticos cesaron, éramos confinados, arrestados por subversión, por quebrar la santa ley. Otra vez a la celda: "¿Qué hora será?", "Mi familia no sabe nada", "¿Quién pagará mi fianza?". A las diez y media, más o menos, nos llevaron al magistrado federal. Al llegar, nos quitaron las cadenas y las esposas y nos encerraron en dos celdas. Nos dijeron que la vista sería a la una de la tarde. Más preguntas, retratos, huellas digitales. Al mediodía nos dieron de almorzar. "No se pueden hacer llamadas", "Por fin, un poco de agua fría". Eran las dos de la tarde cuando entramos en la sala del magistrado. Llegó un contingente de abogados del Colegio de Abogados para representar a los que no teníamos representación. Se fijaron las fianzas y nos devolvieron a la celda. Los primeros en ser liberados fueron el Reverendo y los concejales que le acompañaron desde Nueva York, luego, y de poco a poquito salían los que les habían pagado fianza. Los despedíamos con consignas: "VIEQUES SI, MARINA NO." "QUE SE VAYA, QUE SE VAYA, LA MARINA QUE SE VAYA." Eran las cinco y media cuando salí a la calle acompañado por un hermano. Atrás quedaron momentos de dolor, humillación y lucha, y todavía queda mucho por hacer. Fray Rey Saliva González ofmCap.
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