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Un día de sol

Por: Johanna Martínez, estudiante UPR

Todas las mañanas lluviosas de mi vida tienen una historia. Pero ninguna como el 13 de mayo del año aquel que no ha pasado. Aunque todo ocurrió hace diez atrás...

Hay momentos en la vida que parecen estancados, otros que son sembrados y se marchitan, y como el día aquel, otros que son para vivir sus consecuencias en cada amanecer. De día o tarde, no lo puedo definir. Solo sé que parecían nacer nuevas flores pues estaba lleno el ambiente de ese aroma. Ese, que a pesar de la contaminación y el humo de los autos, se podía percibir de entre todo. El día parecía pero nunca fue. La lluvia apretó como si le molestara que yo, de todo lo que existía, aun tuviese potencias para soñar. Ese mismo día fue cuando lo reconocí. Lo encontré por fin después de haberlo buscado tanto entre la multitud. No fue su aspecto, mas bien su mirada la que me hizo recordarlo. Si... era él; el hombre con quien soñaba. Solo que en mis noches él era mi metáfora. En sueños, él era un árbol muy grande, con deliciosas extremidades. Como brazos que abrazaban mi existencia. Yo era el viento. En mi mundo eran los árboles los que atraían el viento. Él me deseaba, tanto como yo lo amaba. Penetraba sus entrañas para darle vida mientras él me purificaba. A eso yo le llamé, dulzura...

Pero ella volvía a interrumpir, la lluvia, que irónicamente en la realidad me invito a reconocerlo. A besarle con mi respiración y abrazarlo con mi deseo. Y no-se porqué pero el no lo hizo. El no me busco con su mirada, entonces culpe de nuevo la lluvia. La muy celosa seguía entorpeciendo. Entonces paso de largo... con él camine, con él tome el té en el pórtico de la vecina, con él subí las escaleras y fue entre sus manos suaves donde me supe ver dormida. Entonces apago la luz de su habitación y desperté. Lo hice en mi cuarto, en mi cama y junto a mi peluche Ronrón, que después de estar conmigo unos quince largos años calentándome, ese día no me supo cobijar. Ese día me supo a niña, pero ese mismo día yo deseaba sentirme mujer.

Nunca había sentido mi piel vibrar tanto. Mis labios se humedecían sin razón alguna. Me acerque a la ventana para intentar verlo entre los surcos de agua que se deslizaban en el cristal. Lo tenia tan lejos de mí, cuando prefería sentirlo cerca. El corazón latía con mas rapidez y por primera ves sentían las cosquillas que causan los alimentos en los intestinos al momento de la digestión. Si mi madre estuviera diría que estoy enamorada. Lo que ella no conoce es que siempre lo había estado. Hoy sé de qué color son los ojos del hombre a quien amo. Sé que le gusta vestir elegante. Gozará de las noches junto a mí en la alcoba y disfrutara mas mi café que el de la vecina. Su serenidad al caminar me dice que le gusta leer, la música clásica y los temas políticos. Siento que lo conozco aunque aun no sé su nombre, su edad o su trabajo.

Tiene diez años mas que yo, es propietario de la tienda de mascotas donde compré mi pescadito Morfeo y se llama Alfa... Bueno, en verdad así le dicen. Y es lógico. Alfa es la primera letra del alfabeto griego. Y él tiene todo lo que significa: él es principio, el primero, el inicio. Todo lo que es lo confirmo. También sé que es un hombre casado y con un lindo niño. Si mama supiera diría que es un hombre prohibido, que es un pecado solo pensar en él. Me da gracia. Le conozco desde que nuestras vidas eran solo una metáfora. Hoy ya es algo concreto. El y yo fuimos piedra y mar. Él, la piedra por la cual siempre llegaba hasta la orilla. Le acariciaba y le hacía reír con mi espuma. Él sé sabia reflejar en mis aguas. Dejo de ser piedra por tanto amarlo. Pues de tanto visitarlo, un día ya no estaba allí. Se había envuelto en mi tanto que ya no le pude conseguir.

Mi madre no sabe nada aunque dice saber. Ella no conoce mis escapadas al árbol que me conecta a su ventana. La pobre, nunca se enteró de que yo lo amaba...

Le escribí un poema y se lo dejé en la ventana de su habitación. Sé que lo tomo. El era quien habría la ventana al despertar. Lo escribí con la esperanza de que al leerlo se acordara de su mar y su viento:

Dibuja una caricia en mi rostro,
Y no dejes que ella muera.
Hazla florecer en mi cuerpo,
En mi alma y en el ser esculpido
Por tu abono... y espera.

Fertiliza la esperanza de quererme,
De desear tenerme. De besar.

Relaja la maleza que entorpece,
Porque lo que no crece,

Se arranca y se vuelve a sembrar.

Dibuja tus caricias en mi cama,
Abrázalas a mi almohada,
Y como lo que se entorpece y falla,
Hazme el favor... volvamos a empezar.

Hoy mi madre se sentó a mi lado en la mesa del comedor. Empezó a caer la lluvia. Su mirada se penetraba en mi como quitando todo lo que me cubría. Me exorcizó el alma con sus ojos. Los rayos caían cada vez más cerca. Yo contaba para saber cuan lejos estaban de mí. Comía, alzaba la mirada y allí estaba ella. No sé lo que hizo, o más bien tenia miedo de que ella supiera que la única inocencia que me quedaba era en la careta que ella trataba de arrancarme con la pupila de sus ojos. No pude detenerla. Y entre las tazas de café, el azúcar y el pan con mantequilla, lo único que se escuchó fueron sus labios decirme – "Perdida".

Desde ese día empecé a creer que las madres sí lo saben todo. Seguí desayunando, mientras sus pasos se alejaban del comedor con la dignidad que ella supo arrancar de mi. Y al mirar hacia fuera, allí estaban los rayos de sol, secando la tierra húmeda donde me supe ver ahogada.

Hay que temerle a los deseos, o solo hay que no abusar. Alfa entro aquella noche a mi cuarto. Desnudo mi inocencia y la vistió de una mujer. El mismo rostro, el mismo cuerpo, el mismo corazón. Y no sé porque, pero no era el mismo reflejo al espejo. El sudor que probé fue como un cáliz envenenado. Fue dulce, pero malvado. La soledad que habitaba la casa se mudó para siempre a mi cuarto. Los ojos que me hechizaron hoy me maldecían. Grite mi silencio y escuche la felicidad perderse en un lugar de mi destino. Fue como lo dice el Génesis con Adán y Eva. No me gusto probar la manzana. Abrir los ojos al temor de seguir pecando. Desperté al otro día con una almohada sudada, unas sabanas sucias y estrujadas y a mis pies estaba Ronrón. Seguía teniendo esa mirada. Su sonrisa me hizo llorar toda la mañana y lo único que supe decirle fue – "Perdón".

Adiós inocencia, gracias por ser mía,
Por reflejarte en quince de mis alegrías.
Adiós mariposa a quien rompí las alas
Para poder volar solo un día...

Así leía el epitafio de mi dignidad. Así camino por la casa como muerta. Hoy todavía lo recuerdo. Mi llanto llora conmigo, camina conmigo, habla y toma el desayuno. Almuerza y cena junto a mí. Va a la escuela y cuando mi llanto regresa, tira los libros, se quita los zapatos, me da un beso y me dice –"Bendición mamá".

 

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