Era miércoles en la mañana. Un día como otro cualquiera. Es decir, para nosotros porque para Johnny era el último día de su vida. Sabíamos que se nos iba y en nuestra subjetividad, tan imprecisa, sosteníamos irreconciliables diferencias sobre su tan próxima muerte; y más aún, sobre su no menos próxima vida. Unos estábamos dispuestos a condenarlo, otros se aprestaban a reservarle un nicho en el de por sí hacinado martirologio puertorriqueño; y aún otros, indecisos, necesitaban pensar y analizar, recopilar datos y llegar a conclusiones. Johnny, por su parte, recorría en desordenada catarsis su trágica biografía antes de perder totalmente la conciencia. Juan Bermúdez Cepeda, ese era su nombre. Nacido en el barrio Sabana Abajo del pueblo de Carolina, como si hubiese nacido en cualquier parte. Tendido sobre ese suelo ensangrentado que nosotros llamamos patria, respiraba con dificultad. La sangre, que se coagulaba en su traquea, impedía el paso libre del aire hasta sus bronquios desesperados y un rumor como de aguas de río le llenó los oídos. Eran las cinco y treinta de la mañana. A esa temprana hora de la mañana cuando todavía no es de día, sus vidriosos ojos retrataban allá arriba el sol empujando la noche, pintando de púrpura esa orilla del cielo por donde amanece. Johnny pórtate bien, recordó las palabras de su hermana mayor, Máxima, mientras se tragaba las babas mezcladas con su propia sangre. Las campanas de la iglesia más cercana anunciaron las seis de la mañana. A lo lejos, Johnny pudo distinguir el agudo grito de una sirena que se acercaba desesperada entre el denso tránsito de autos y camiones; y notó que alguien lloraba. La gente comenzó a rodearle en un curioso ritual inevitable y sintió que lo cargaban, que tiraban su cuerpo junto a otros cuerpos en la parte de atrás de una camioneta (¿una ambulancia acaso?). No sintió el golpe de su cuerpo al caer, ni parecía importarle la incomodidad de estar doblado, torcido sobre los otros cuerpos. Johnny pórtate bien, como si eso fuese tan fácil. Ese lo que tiene es falta de vergüenza, hubiese dicho su abuela quien después de muchos años de haber cumplido los ochenta, todavía vivía. Sus dos abuelas vivían, una negra por parte de padre quien todavía cantaba nanas y maldecía con tanta rabia que parecía que lo hiciese en serio; y una blanca, por parte de madre, que enmudecía y se apagaba lentamente entre rezos por todos sus nietos, entre versos improvisados al partido, entre almanaques de fechas antiguas, entre flores artificiales y cuadros de santos aún sin canonizar, y velas que siempre prendía al líder que creyó libertador, al líder por quien ella votó cuando todavía muchacha trabajaba en la Puerto Rico Tobacco Company. Ella, la pobre, no sabía que ese líder y el paisito de maravilla que ambos soñaron habían desaparecido, habían muerto de una operación (¿Bootstrap?), se habían desplomado como se desplomó Johnny esta mañana por el afán del peso, el afán del dólar, de los machacantes, de los billetes verdes, de la plata en la lata, de las pesetitas voladoras, de la feria mano, de los kilos chico, de los washington tú, de la guita hermano, de la bendita guita. Johnny pórtate bien, como si portarse bien fuese ir a la iglesia los domingos y votar en las elecciones cada cuatro años y trabajar todos los días para pagar la renta y el televisor y la hipoteca y la nevera y el carro y el teléfono y la luz y el agua y las medicinas de los nenes y tratar de que sobre algo palpalopaolvidar paloscaballos palalotería palabolita y cualquier otra cosa que le pueda traer a uno suerte. Johnny hubiese querido tocar timbales y dirigir una orquesta de salsa porque él era salsero. Cantar como Héctor Lavoe, hacer coro como Pacheco, revolver las multitudes de nenas chulas como Rubén Blades, plenizar los cueros como Cortijo, cantarle a la negrada como Ismael, inspirarse en la pobreza como Tite y motivar cachondos meneos con su avasallador ritmo. Johnny en el estrellato, Johnny en el hitparade, Johnny perfumado de vetiver entre las blanquitas de Monte Hiedra; salseras camuflageadas de rockeras por el qué dirán, rumberas clandestinas de salón sometidas incondicionalmente, irresistiblemente a la antillana expresión del baile, al caribeño vicio de sudar los cuerpos al son del tambor. ¡Ay Johnny no jodas, tú siempre queriendo cagar másarribaelculo! Esas jebas no son pa ti, esas tipas no son pendejas, esas nenas se tiran a los nenes de las telerevistas, a los nenes que modelan para Nono Maldonado, a los nenes que bailan en Loiza Street Station, a los nenes que juegan billar en La Casa de España, a los nenes que surfean en Rincón, a los nenes que entran a las escuelas de leyes y medicina cuando les da la gana porque para eso son los nenes de papi. Y lo fueron. Lo fueron cuando el tiempo del buen perico, el tiempo de la electrificante cocaína que transformaba, como por arte de magia, al jabao de Johnny en maravilloso mamito vestido de Pierre Cardin, con zapatos Guchi sobre sus proletarios pies, con camisas de seda sobre su antillano cuerpo, con tremendo cadenón de oro sobre su despercudido cuello, con su diamantito en la oreja izquierda, con su deslumbrante peñón en el meñique de la mano derecha, con su chulísimo corvetón rojo, con su deportivo Mitsubishi 3000ZX, con su putísimo BMW de dos puertas. No había pa nadie cuando tú Johnny, llegabas cargando el maravilloso polvo porque tú Johnny eras la máxima conexión, la jodienda en lata, el tronco de la mata, el que manda y va. Las botellas de champagne (Don Perignon, por supuesto) llegaban a tu mesa para cuando tú Johnny te quisieras dar un trago; las oficinas de las flamantes discotecas siempre a tu disposición para cuando tú Johnny, te quisieras dar un pase; las nenas haciendo fila para cuando tú Johnny, decidieras ponerlas en algo. ¡Lo que tengo es dinamita, piedra molía mami! les anunciabas y las panties caían al piso como tributo al fascinante chingoteo del que tú Johnny, te considerabas la figura máxima. ¿Recuerdas cuando te tiraste a Margarita Hernández del Real al cuerpo? ¿Lo recuerdas? Ella caminaba a tu lado con los zapatos en la mano y enterraba sus delicados y perfectos pies, torneados esculturalmente por los años de ejercicio y disciplina en el undostres y el demiplié, en las suaves y blancas arenas de Mar Chiquita. Ella hablaba sin cesar porque tú, sabihondo cocaíno, te habías encargado de que aspirara suficiente suero de la verdad, le habías dado del gallo tuyo, de lo especial, del clavo que siempre guardabas doblado en un billetito de a cien y le habías soplado tremenda cantidad en su boquita de manzana, en su laringe de soprano forte, acercándote lo suficiente como para rozar tus labios con los suyos pero sin ir más allá porque tú, provocador de tele novelón, te conocías el juego. Margarita, con sus quijadas enfrascadas en un juego automático y compulsivo, con la lengua y todo su hermoso ser delirantemente adormecido, con la libido peleando una guerra lujuriosa de emociones y deseos reprimidos, anestesiadas también las inhibiciones, las diferencias (¿de clase?), los peros, te contaba de cómo, realmente, nunca se había entregado a ningún hombre porque los hombres, claro, na más que quieren a una pa singársela y después lo sabe todo el pueblo (¿plagiada oratoria que en su momento creyó oportunamente conveniente?). Y tú Johnny, mientras observabas con las esquinas de tus amanecidos ojos los rosados muslos que su arrollado vestido, traído especialmente para ella por Changes desde Nueva York, telegrafiaba en masturbante pele, le creías. Le dijiste que sí, que los hombres estaban cabrones pero que tú, consciente ejemplar de las clases oprimidas, no eras así. Por eso habían bailado toda la noche juntos y tú... nada, por eso habían bebido toda la noche juntos y tú... nada, por eso habían amanecido juntos y tú... nada; por eso, porque lo tuyo no era meter. Lo tuyo era hacer el amor. En Mar Chiquita, el concierto de las olas con su persistente splash y el viento yodado de la costa, te hacían sentir wertmulleriano protagonista de un ilusorio puertorican love story que sólo tú vivías porque Margarita, enajenada gufeadora del frikeo, con su ensayado sensualismo propio del tropicalísimo caribbean jet set, al que se enorgullecía en pertenecer, con una nota más alta que la octava de Maria Callas, pensaba, que qué arrebato más rico tenía, que qué vacilón tirarse a un artificialpapichulin como tú; con tus espléndidas piernas de corredor de los ochocientos metros (¿voceando periódicos?), con tus desarrollados y musculosos bíceps (¿estibando sacos en los muelles?), con tu vertiginosa verga con la que la ibas a hacer gozar, hacer alcanzar los paroxismos del orgasmo tantas veces negado por los flácidos intentos de los nenes well-to-do. Margarita no fue la única, lo sabemos. Después de ella parecía como si todas las nenas de su clase reclamasen derechos de propiedad sobre tu ser; más bien, sobre tu públicamente comentado músculo del amor. Y mírate ahora. El denso aire en la camioneta te hace llegar el acre olor a sangre de los otros muertos. Te imaginas sus mutilados cuerpos, las expresiones de dolor fijas en sus desconocidos rostros que a lo mejor ahora se ven como el tuyo. ¿Quiénes serán esos seres que ahora te acompañan en tu inesperada muerte? ¿Serán salseros también? ¿Acaso del pueblo de Carolina como tú? Hace no sabes cuánto tiempo atrás, un momento o tal vez más, porque para ti el tiempo ha dejado de ser ese océano ingrávido en el cual vida y narración se unen inextricablemente, ellos se preparaban para marchar en militante fila cantando consignas en tiempo de plena. Y tú entre ellos, camuflageado, dispuesto a obedecer las órdenes. Cinco minutos antes del tiroteo, de eso sí no tienes dudas, estabas seguro de que no iban a disparar. Ese fue el acuerdo al que habías llegado con el abogado que te contrató. La policía, te aseguraron, estaba al tanto de todo y el gobernador, como siempre, también. No tenías porqué temer, ¿acaso no lo habías hecho antes, en la huelga del cemento en Ponce, en la huelga de la Universidad, en la del Dupont Plaza? Tú, para ese entonces, sabías tanto como ellos ¿por qué habrías de temer? El abogado te aseguró que no dispararían. Todo estaba arreglado, te dijo a la vez que te guiñaba un ojo. ¡No me vayan a fallar vaya, no me vayan a tirar una cañona tú sabes, que yo no vaya a caer en un pescao man! Le respondiste en tu protolenguaje esquinero, tocándote el costado derecho en ensayado gesto para hacerle creer que estabas armado. Después, abandonaste la suntuosa oficina imitando al caminar el saltito de los men de la década del sesenta. Cinco minutos antes, repito, tú estabas seguro de que no habría disparos; y aún después de caer acribillado, tu cuerpo lacerado, atravesado por hierros candentes de múltiples calibres, pensabas que no podía ser cierto. ¡Tu gente coño! ¿Cómo pudieron fallarte? Tal vez, lo que se te olvidó considerar en tu gansteríl análisis era que tú, con toda probabilidad, serías el principal testigo en la investigación senatorial que conmovía al país. La investigación que pretendía, con cada descubrimiento, precipitar la isla de su volcánica base. La investigación que, transmitida por todos los canales de televisión, contaminaba al pueblo con una sed de justicia nunca antes vista. La gente vivía frente al televisor, la gente no dormía por el televisor, la gente trabajaba frente al televisor, salía de pasadías con el televisor, se conciliaron viejas rencillas vecinales por el televisor, se logró la tan negociada tregua entre los jodedores de Monacillos y los de Manuel A. Pérez por el televisor, se redujo la incidencia criminal en un doce porciento, las compras en Plaza Las Américas en un diez y los ratings de las telenovelas por cuatro puntos. Las antenas, del ahora judicium aparatus, florecían como moriviví silvestre abriéndose al espacio aéreo de nuestro territorio invadido. Las vistas televisadas habían asaltado al país como una epidemia, la verdad salía a la superficie como una irreverente mancha de aceite en el portentoso mar de las investigaciones previas; la verdad trepaba balcones como hiedra desesperada, se colaba entre las rejas de atemorizadas urbanizaciones, saltaba alambradas de encopetadas residencias, burlaba el federal estado de vigilancia, entraba por las hendijas de paredes y puertas de asediados arrabales, causaba pesadillas y derrumbaba candidatos electorales. En medio de esa sísmica confusión,
tú Johnny; vicario discotecólogo, frustrado timbalero de sueños rotos,
acosado Jean Christophe del trópico. ¿Acaso entiendes tú lo que ha sucedido?
¿Lo que está sucediendo? Nadie lo entendería. Máxima no lo ha entendido, ni
siquiera tu madre, a quien no tiene ningún sentido explicarle. Ella se
acostumbrará a tu muerte, como se acostumbró al nuevo gobierno en turno. Como
se ha acostumbrado siempre. Hace dos días atrás, precisamente, hablaba
reverentemente de la nueva gobernadora. Ni siquiera recuerda, y si alguien se lo
acordase lo negaría con su acostumbrada buena fe, que en las elecciones pasadas
votó por la izquierda independentista. Por: Tomás Reyes
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