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El otro lado

Por: Carolina Lara

  “¡Ay Garcín, cuántos llevan en el cerebro tu misma enfermedad!”

Rubén Darío (“EL PÁJARO AZUL”)

      Sentada en aquel banco del parque, buscaba en el fondo de su bolso las notas que  días atrás había tomado de su nueva lectura.  Del morral de adolescente que llevaba, salieron escandalosamente viejas facturas de compras, un  lápiz labial a punto de acabarse, algunas basuritas de puntas de lápices, envoltorios de galletas y caramelos que debían tener algunos meses almacenados en el bolso que además de reguardar sus libros, servía como papelera.  Tuvo que vaciar en el piso lo que quedaba en el fondo del desteñido morral hasta que por fin salió el papelito sucio y arrugado en las puntas.  Tenía la sensación de  haber encontrado la conexión entre lo que poéticamente se procesa en la razón y la percepción que produce a otros niveles no racionales, justo cuando aquel joven la miraba esa tarde en la conferencia.  Por unos instantes creyó que se conocían,  como siempre le  pasaba que algún compañero de la universidad la recordaba, le saludaba con afecto y ella no creía haber visto ese rostro nunca en su vida.  Parecía ser que mientras más trataba de pasar desapercibida en los lugares públicos un extraño efecto de reconocimiento público generaba en los demás.  Era como vivir en un eterno escenario.  Cosa que le había hecho aislarse del mundo, no solo geográficamente, sino en el contacto cotidiano con los seres.  Aunque en sus niveles conscientes ella no sabía que era la razón por la cual se había mudado lejos de la ciudad, y había dejado de frecuentar los museos, los teatros, las salas de conciertos y hasta los cines.  Era la extraña sensación de sentir que había alguien del público listo a hacer una crítica, justa o no, de su actuación en esta obra, solo que esta obra no quería ser representada.  ¡Aquí está el papel con las notas! ¿Cómo dice?…: “Todo lo que nos rodea tiene energía, sin embargo, cada cosa tiene su  tipo especial de energía… por eso hay lugares que aumentan la energía más que otros.  Depende de cómo encaja nuestra forma con la energía de cada uno” ¡eso era!  El personaje de la novela había hablado de sentirse “conectado” y más adelante había dicho que “esa energía era como el amor”.  Lo que la llevó a hacer las notas no fue aquel “lugar común” sobre la energía, sino el concepto sobre el amor: “uno no se obliga a amar, sino que deja que el amor entre dentro del ser”.

           Esa afirmación le tenía revueltos todos los esquemas referentes al amor cuando, en la conferencia percibió la mirada de aquel hombre, el muchacho no pasaba de tener unos veinticinco años, parecía incluso que todavía era un estudiante universitario, cosa extraña en este país en el que las personas se gradúan muy jóvenes.  Un pueblo demasiado alienado con el éxito y el reconocimiento. Hacía tiempo que había aprendido a sobrellevar las miradas con la serenidad de la actriz, y la “cuarta pared” bajaba continuamente como parte ineludible de la vieja técnica.  Pero ese día decidió enfrentar aquella mirada que  no tenía nada del flirteo amoroso sino más bien como si alguien te hubiera descubierto desde otra parte distante del universo.  Ese fue el día que se vieron por primera vez.

          Había acudido a aquella conferencia sobre el “Renacimiento” o “Rebirthing” más para buscar lo que las tendencias de la llamada “Nueva Era” tenían de parecido con el antiguo “análisis transaccional”, que le había dado a su mamá veinte años atrás, las herramientas para permanecer el resto de su vida excusada por errar y seguir errando.  La conferencista, una mujer de unos cincuenta y cinco años, de cabello gris natural sin la más mínima intención de ocultar su edad y con una vitalidad y juventud reflejada en la textura y lozanía de la piel de su rostro, la fortaleza de sus músculos y el brillo de sus ojos.  Parecía realmente tener el secreto de la felicidad.  Se sentó en la sala bien atrás, y en su lugar aparentemente discreto para escuchar a solas lo que aquella bonita señora tenía que “regalarle al mundo”.  La predisposición que tenía sobre lo efectivo del “Renacimiento” no era respecto a su filosofía, o su técnica, sino más bien con su lado comercial.  Lo extremadamente costoso que resultaba formar parte del selecto grupo de renacedores, y ese término especial usado estratégicamente como “inversión”, es sustitución del cotidiano término “valor” o “costo”.  Probablemente era ese mecanismo inconsciente de su mentalidad “marxista” fundamentada en el “valor de uso” y “valor de cambio”, heredada de sus padres, genéticamente y por educación, que constantemente aparecía para cuestionar su actual tendencia espiritual.  No era que se había convertido en una fanática obsesionada de la metafísica. Pero a través de estos 35 años había tenido suficientes experiencias relacionadas con la energía mental, o del alma, o astral, o del espíritu como para estar allí sentada en el fondo de la sala de conferencias, tratando de encontrar en alguna parte una conexión con sus pensamientos actuales, aunque  con el pretexto del investigador.

           La conferencia insistía: “Un líder es un instrumento de sanación y unión de su propia fmailia”, “primero la atiende y después sabe que es un instrumento para el resto del mundo”  “Hay que saber interpretar lo que es el liderazgo con amor, primero comenzamos por nuestra familia, eso es el concepto básico con el que nosotras hicimos esta escuela, sanar la rivalidad fraterna a través del perdón”…

           Le parecía estar viendo a su madre tomar notas frenéticamente frente a aquella afirmación: - “primero se empieza por casa” – a pesar de haberla repetido ella misma toda la vida… cuando se fijó que aquel joven la había estado observando insistentemente y ahora sin la menor intención de disimular la mirada.

           Hacía bastante tiempo que manejaba perfectamente sus relaciones con el sexo masculino, a pesar de no haber querido casarse todavía, ahora más que antes, tenía varias personas a quienes bastaría dar una señal y compartirían gustosamente el resto de sus vidas  con ella.  Pero era eso lo que ella hacía “manejar” sus relaciones, adecuar sus reglas a cualquier compañía, cansarse fácilmente de la rutina hogareña, entrar en profundos  estados de silencio y hermetismo, cosa que desequilibraba a cualquiera.  Mas a pesar de ello, estaba segura de la entrega y el amor de sus “amigos” como le gustaba llamarlos cuando había que hablar de alguno de sus amores.

           Nunca había estado de acuerdo con la conquista casual, pero quiso jugar un poco con la mirada, más para divertirse que para realmente entablar una relación con aquel muchacho, demasiado joven para su gusto, que normalmente era de hombres más maduros.  Entonces se dio cuenta que él no la miraba específicamente a ella, sino a algo fuera de ella, incluso no se percató que ella le devolvía la mirada con una discreta sonrisa, ni que su  rostro pasó de la coquetería a la sorpresa.  Pudo haberse cambiado de asiento, o haberse arreglado el cabello agresivamente con la mano para llamar su atención pero no,  instintivamente respiró profundo hasta tres veces, cerro lentamente los ojos y dejó que aquella energía penetrara dentro de su ser, primero con cautela, y luego con entrega.  No sé cuantos minutos, o segundos permanecieron “conectados”, cuando sintió que la penumbra de la sala se había transformado en el resplandor de un estadio de béisbol.  Abrió bruscamente los ojos en el momento en que el joven los abría también, lo vio claramente perturbado, quizás un poco avergonzado, la miró a los ojos y rápidamente desvió la mirada y salió casi tropezando con los demás asistentes y desapareció en el tumulto.  Hasta ese momento no había llevado al consciente la experiencia que acababa de vivir.  Todavía parecía estar algo sumida en un aparente flirteo, cuando de repente concientizó la sensación de placidez que había quedado en su cuerpo, incluso solo había logrado seguir con la mirada la trayectoria de la huida de aquel hombre, debido a que su cuerpo se encontraba adormilado, y con el leve cosquilleo que generalmente siente después del amor, ¡realmente aquella experiencia era especial!  ¡Debía hablar con el muchacho!.

Inútilmente salió corriendo de la sala, ya había desaparecido.  Ahora estaba allí en una plaza céntrica de la ciudad tratando de hallar en su bolso las notas tomadas de la “Novena Revelación” que era su más nueva y no tan apasionada lectura.

***

           En el gremio docente se encuentra una gran diversidad de seres especialmente sensibles.  En realidad puede ser por lo delicado de la profesión y de lo vulnerable que se convierte el docente en las aulas de clases, rodeado de 30 y tantas personalidades distintas, 30 y tantas historias de vida singulares, 30 y tantas carencias diferentes, 30 y más ojitos demoníacos o angelicales.          O es que en la Universidad existe alguna materia que estimule la sensibilidad del ser, otorgando al futuro docente algunas herramientas de malignidad y destrucción con el objetivo preciso de ser utilizadas cuando se sienta en competencia.  Bueno, lo cierto es que, afortunadamente, el docente joven es entregado a su profesión,  tiene un gran sentido de la ética, y está exento de los antiguos vicios de horario.  A éste le gusta trabajar con la comunidad.  Y trabaja desde una perspectiva de horizontalidad con sus  alumnos, con sus colegas y con sus superiores.  Aunque el docente “experimentado” o de la “vieja guardia”, que diría un “amigo”, tiene una formación académica bastante completa, todavía está cargado de los viejos esquemas docentes que no le permiten ver en el cambio educativo una verdadera revolución.

           Volviendo a la vulnerabilidad del ser, es probable que esa mal entendida competitividad, condimentada con una perversa chismografía (Bastante creativa por cierto.  El docente venezolano es muy creativo) se deba que el noventa por ciento del personal que trabaja en los centros de educación primaria son mujeres.  Y sin saber por qué, o por lo menos sin intelectualizarlo mucho ella ha observado que siempre donde hay muchas mujeres, hay líos.  Es probablemente por ello, que siempre ha preferido a los hombres como amigos.  Así que su ambiente de trabajo es de relaciones superficiales.  Bastante aceptables, y con un grado profundo de amor por su profesión lo que le ha hecho ganarse el respeto profesional de sus compañeras de trabajo.  Ahora bien, por su tendencia a relacionarse mejor con el sexo masculino el único  hombre que trabaja en su escuela es su mejor amigo.  Eso le ha traído algunos problemas, que en realidad no son problemas desde su punto de vista, ya que  a ella le importa un comino lo que los demás digan, piensen o  dejen de pensar sobre su conducta.  Sin embargo es irritante que las demás personas estén siempre pendientes de sus movimientos.  Pareciera que sus vidas son tan aburridas que deben estar al día con la vida de otros para poder sentirse vivos.  Pero en fin, si necesitan historias interesantes para disfrutar de chisme, será mejor que se lean un buen libro, ya que no va a ser ella la que les proporcione lo interesante de su vida para satisfacer su morbo.

           Así que su vida personal está muy alejada de la profesional, y es bastante discreta.  Y por ningún motivo, ni bajo ningún pretexto se relacionaría con un docente.  Ellos tienden a parecerse mucho a sus colegas.  Y a ser un poco nerviosos, cosa que no la equilibraría en lo absoluto.  La experiencia le había enseñado que el equilibrio es fundamental en las relaciones de pareja.  Además de que absolutamente todos los hombres que son docentes y que podrían tener una buena edad para ella, están casados desde hace mucho tiempo.  Es por ello que su actual compañero, era un encantador hombre de treinta años, trabajador de horario completo, de aspecto rudo, con unos maravillosos ojos marrones, buen trasero, con gusto para la cocina, cosa muy importante para alguien a quien no le gusta cocinar pero que aprecia el gusto culinario.  Muy buen amante.  Soltero. Pero… (tratándose de escoger la pareja para el matrimonio siempre encontraba algún pero) muy aprensivo y celoso, cosa que estaba segura le haría cambiar bruscamente de vida si llegaba a compartirla con él.

           Ella que solía disfrutar de conversaciones interminables con algún amigo tomando café, que solía caminar a solas por la ciudad en horas nocturnas, dejando el carros varias cuadras a propósito para la caminata.  Ella,, cuyos amigos eran en su mayoría hombres a quienes trataba con cariño, y cuyas manos traicionarían en cualquier momento.  Debería dejar de frecuentarlos, debería dejar de tratarlos con afecto, debería dejar de intimidar con ellos y ser otra persona, un poco más fría, menos pasional.  No, la verdad todavía no estaba dispuesta a cambiar de vida.  Aunque aquellos ojos marrones y aquel jarrón permanentemente lleno de flores le decían insistentemente algo bonito.  Aunque cada vez que veía a una mamá dándole de mamar a su bebé se le ensanchaba el corazón.  Y la sonrisa de sus alumnos que la llenaba de una ternura que no había sentido por otros seres humanos, le había anunciado desde hacía tiempo la necesidad de tener sus propios hijos, y amarlos, y darles tetica, y cantarles todas aquellas canciones que aprendió desde niña.  A pesar de ello, todavía no estaba segura si su chico, era el papá de sus bebés, o si su chico no se volvería un “duro mexicano” con una enorme barriga, y una razó cualquiera para quedarse todos los viernes después del trabajo con sus amigos “hasta que el cuerpo aguante”, y que después le parezca que todos los actores son maricos, o putas, o drogadictos.  Y peor aún, que todas las maestras andan permanentemente buscando hombres.  Y que si están reunidos en algún sitio conversando y tomando unas cervezas, los hombres tienen el derecho de asediarlas porque ellas lo están pidiendo o mejor, lo están  necesitando. ¡No!, La verdad es que su encantador novio de ojos marrones podría llegar a convertirse en ese “duro mexicano”, como también podría convertirse en un maravilloso papá, y un discreto e inteligente marido a quien le encantaría recibir a sus amigos, hacer parrillada familiar, y a pesar de no ser un intelectual rebuscado, seguir regalándole libros y  escogiéndole buenas películas en el video.  Pero como todo estaba en manos del destino, todavía no había tenido el valor de aceptar la vida en común.  Y eso como que ya estaba cansando a su novio encantador a quien tenía varios días que no veía.  La verdad era que ella nunca lo buscaba, él estaba allí siempre.  Estaba, y era de esperarse, pero esta ausencia de cuatro días la habría alarmado un poco de no ser por la experiencia extrañamente sensual que había tenido aquella tarde en la conferencia.    Y la mirada del misterioso muchacho la tenía un poco alejada de la terrenalidad.

           Al llegar a su casa, ya oscureciendo encontró en la ventana, una rosa grande y rosada, adornada con algunas delicadas “brisas”, y una nota que decía: - “Estuve aquí.  Salgo de viaje mañana, solo quería despedirme, estaré fuera durante un mes.”  Hasta luego. –

           Era ya de noche, el carro había venido fallando por toda la autopista, no le habían prendido las luces, y con los pensamientos en otra parte había olvidado comprar la tarjeta para el teléfono.  Es decir, su encantador enamorado se iría de viaje y ella no le daría ni una sola palabra.  Ese “hasta luego” le pareció demasiado duro para alguien que está bien.  En otra ocasión le habría dejado “besos”, pero ese “hasta luego” era muy ambiguo para una despedida de un mes.  Y para quien ha dejado de verse durante…¿cuántos días?, dos días, a ver… no, desde el domingo, ¿y hoy es?. Jueves. ¡Santo Dios!.  Cuatro días sin llamar, y sin venir.  ¡Cómo no se dio cuenta de su ausencia durante estos días!  Además nunca desde hace varios meses, quizás seis meses, o más, había dejado de venir o de llamar.  Cuando no venía por algún compromiso familiar, o de trabajo, pues llamaba, dejaba mensaje en la contestadora.  Incluso llegó a pasar por la escuela para verla cuando  no había otro remedio.  Esta ausencia era definitivamente muy elocuente, y ella por andar quién sabe en que planeta del universo no le había dado importancia, hasta ahora.

           En realidad ella había provocado esta crisis.  En los últimos días se había mostrado irritante, hastiada de la rutina.  Y muy crítica con respecto a cualquier opinión que él tuviera.  Había sido incisiva respecto a sus diferencias de concepto, y dura para mostrarle su falta de madurez a la hora de tomar algunas decisiones elementales.

           Bien, sea lo que fuere que iba a ocurrir ella dejaría que pasara.  Quizás este mes serviría para que ambos aseguraran sus sentimientos.  O por lo menos para que pensaran la importancia que cada uno de ellos tenía a sus vidas, y pudieran tomar una decisión madura, y segura.  Mañana lo llamaría.  Después de la escuela.  Será mejor así.  Después de todo, las cosas suceden y a veces uno no tiene incidencia en los movimientos que proponen desde arriba.

           Esa noche leyó durante varia horas saltando lo que creía evidente, tratando de encontrar en el libro alguna experiencia similar a la que había experimentado esa tarde.  Se sintió un poco frustrada respecto a las “revelaciones”.  Era obvio que no dormiría bien, eso generalmente le ocurría cuando dejaba algo inconcluso.  Se levantó y prendió el computador para escribir un poco.  En realidad escribía algunos poemas con vergüenza de que alguien los leyera, tenía talento y era de palabra fácil, pero era demasiado crítica consigo misma.  Y su falta de disciplina la hacía escribir sólo cuando sentía esa ansiedad que no la dejaba dormir.  Parecía que lo hacía como si sustituyera con ello el hábito de fumar.  Bueno, por lo menos un hábito era mejor que el otro.

           Buscando en sus archivos encontró un poema que había guardado  sin el nombre del poeta, y ahora quería saber de quién era y no lograba recordarlo.  Era hermoso y melancólico, aunque generalmente le dejaba la sensación de revivir la imposibilidad de amar al ser indicado…

 

“No te conozco y sé que nuestras rectas son paralelas

En tiempos distantes soñé contigo sin haber nacido.

Un día apareciste en el umbral de mi puerta y yo

no debía amarte

temblaba… una voz iba apagándose y yo imaginaba

que tus ojos descubrían mi presencia.

Quería  que te llegara mi canto de olvido y que te

gustara este silencio de agosto…pero salieron de

tus ayeres tus ojos y de mis ayeres mis manos

a descubrir el secreto de tu distancia.

Hoy eres

Voz, piel, silencio

Eres la soledad

El recuerdo inconsciente

Un desconocido que me observa desde no sé dónde

Ni por qué.”

           Sabía que estaba irremediablemente “conectada” a aquel muchacho, y que sus días y sus noches ya no tendrían tranquilidad hasta concretarlo… “Eres la soledad…” “el recuerdo inconsciente…” “Un recuerdo que me observa desde no sé dónde ni por qué”… y así se quedó dormida recitando un poema que no era suyo pero que había sido escrito para ella.  Definitivamente sí.  Había sido escrito para ella.

 ***

           Pasaron dos semanas, las cuales dedicó a cazar cualquier conferencia sobre el “Renacimiento”, cualquier charla sobre espiritualidad.  Visitó algunas de las librerías más prestigiosas en el ramo con la esperanza de volver a ver aquel joven pero no fue posible.  Ya a estas alturas parecía una experiencia fantástica vivida en un sueño.  Ni siquiera había podido convencer a su amigo de la escuela de la veracidad de su historia, por lo tanto ya  hasta ella dudaba de sí misma.  Su encantador enamorado había llamado un par de veces y no había sido capaz de concretar nada en su ausencia.  Estaba claro que lo extrañaba más de lo que hubiera deseado.  Sorpresivamente se encontró buscando en los albumes de fotografías familiares algunas imágenes de su corta historia  amorosa con el que probablemente sería el papá de sus bebés.  Lo extrañaba, necesitaba su presencia brusca y arrolladora en la casa, el jarrón de la mesa estaba vacío desde hacía muchos días.  El carro necesitaba una revisión del sistema eléctrico y no había nada mejor que un hombre para llevarlo al taller.  Definitivamente eso de la liberación femenina, y de la igualdad de sexo es sencillamente una tontería.  Existen algunas labores que son exclusivamente para hombres y que realmente ellos lo hacen muy bien y para ellos no se necesita ser muy perceptivo ni muy agudo.  Mover los muebles de lugar, arreglar el sistema eléctrico de la casa, llevar las bolsas del mercado, colocar los clavos en la pared, llevar el carro al mecánico.  Y muchas cosas así por el estilo.  Estamos claros que la importancia de estos roles es indiscutible para la buena marcha de la relación de pareja, porque aunque parezca superficial, es en las pequeñas cosas, en lo cotidiano, en lo que se fundamentan las relaciones.  La necesidad de compartir las cosas cotidianas es la razón por la cual nos casamos los mortales.  Así que, ese día llamaría a su chico y le diría que lo extrañaba.  Que si quiere ella viajaría a Caracas ese fin de semana para verse.  La decisión ya estaba tomada.  Sólo quedaba aquella piedra en el zapato, pero esa piedra quizá no haya existido nunca, quizá lo había soñado.

           Ya estaba terminando su segunda taza de café cuando comenzó a llover, y como no servía el limpiaparabrisas de su carro decidió esperar un poco a que escampara.  En ese momento, cuando sorbía el último trago de café fue que lo vio sentado en la mesa más alejada del local.  Llevaba un suéter gris ajustado al cuerpo, lo que dejaba ver su cuerpo atlético, muy bien delineado, su piel de un color canela le daba un aire de sensualidad que solo poseen en si mismos las personas morenas.  Concentrado completamente en una lectura no levantaba la vista ni por un segundo lo que le permitió a ella observarlo a placer.  Era ahora o nunca.  Sólo tendría esa oportunidad de hablar con su misteriosa aparición, para  poder volver a dormir con tranquilidad.  Estaba revisando mentalmente la mejor manera de acercarse y hablarle cuando él, seguramente por lo insistente de su mirada levantó la vista de su libro y buscó en el recinto los ojos que lo miraban, hasta que dio con los de ella.  Por un instante ella desvió la mirada, pero casi inmediatamente volvió a mirarlo ya sin más remilgos.  El le sonrió y movió su cabeza en forma de saludo.  Esa sonrisa era demasiado para su frágil humanidad, parecía un ángel recién bajado del cielo cuando sonreía.  Tenía una mezcla de ingenuidad  y descaro que le daban esa ambigüedad propia de los antiguos dioses griegos.  Ella se levantó y acudió a su encuentro. Conversaron durante horas.  Sobre múltiples temas y desde diferentes puntos de vista, un tema llevaba a otro con naturalidad, era maravilloso como coincidían, sobre todo en lo referente a la energía del ser humano.  Esa “cosa” difícil de ser explicada pero susceptible de ser percibida, por seres definitivamente superiores, sobre todo por las mujeres, “ser perfecto que Dios creó para iluminar al mundo”, (textualmente son sus palabras, digo, las de él) “sobre todo hoy, será la mujer con su extraordinaria capacidad de amar que enseñará al universo el camino para trascender”.  Él hablando de esa forma incorpórea, y ella tratando de percibir su olor cada vez que gesticulaba cerca de su rostro.  En una oportunidad se atrevió a tocar el dorso de su mano con naturalidad, como solía hacerlo con sus amigos, y sintió un pase de corriente irreal.  Era demasiado, estaba agotada, la conversación le había dejado sin energías, estaba tensa y sentía un calor insoportable en su cuerpo, probablemente le habría subido la temperatura.  Quería irse, trató de parecer natural para despedirse, estaba molesta consigo misma por esa sensación tan vulgar que su cuerpo independientemente de su cerebro se empeñaba en aceptar, él le pidió su teléfono muy respetuosamente, y la invitó a una charla sobre “Ángeles” que darían en la misma sala donde se vieron por primera vez.  Este Viernes.  – Muy bien, nos vemos el Viernes. – Beso… discreto beso… olor a canela… a incienso… a malojillo.

-         Chao.- Hasta el viernes.

           De todas maneras llamó a su amor, y le dijo que lo extrañaba, en realidad en ese momento lo extrañaba mucho, tenía la certeza que él era su elección sabia.  Su terrenalidad, su paz.  Si estuviera aquí seguramente no iría a aquella charla el Viernes, tendría una buena razón para no acudir.  Pero ahora… no había anunciado su viaje a Caracas, tal vez le llegaría de sorpresa.  Tal vez.

 VÉRTIGO

 Parada justo en el borde.  Firme.  Mirando hacia abajo como quien mira la

totalidad del tiempo en una pantalla.

El cabello se enreda, la piel se estremece, pero los pies siguen firmes en la

orilla más cercana al precipicio.

Hay en el vacío una atracción morbosa que juega con la calma previamente

diseñada e invita al riesgo… de la profundidad emana un olor a dulce, dulce de

piel, canela… incienso… malojillo… la boca se hace agua y con la punta de la

lengua, movimiento leve, secas la humedad.

Tus labios tiemblan, tibios, anhelosos.

Imperceptibles cosquilleos en el vientre…

El pie derecho retrocede para alejarse de la orilla punta, de la orilla miedo,

de la orilla vértigo, de la orilla insomnio, de la orilla frío.  El pié izquierdo

no obedece y en un segundo infinito de olor vuelve a la orilla con los ojos

cerrados y se lanza al vacío.

 

2. 37 a.m. (Jueves, Mayo 1999)

 Ese Viernes, camino a Caracas, cerró la cortina de la ventanilla para no ver todo el movimiento que había del otro lado de autobús.  Cerró los ojos para dormir durante el viaje.  Dormiría bien.  Su corazón palpitaba tranquilo, con aquella tranquilidad que en la madurez da una decisión bien tomada.  Pensando en los encantadores ojos marrones de su amor, y en la flor encontrada en la ventana.

Concurso de Cuentos

¿Qué puntuación le darías al cuento "El otro lado"?

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