Mujer del ejército estadounidense en la Tercera Guerra Mundial (2014) Por: Luis Armando López
Schroeder
Cleopatra Pérez es mi nombre, al igual que a mi metralleta a la cual llamo Pérez, y desde ahora les digo que no me gustan los peces. Soy una soldada estadounidense que peleo en contra de China, Rusia, y muchísimos enemigos más. Mis aliados son Francia, Gran Bretaña, algunos países de Sur América, y varios países más. Aunque no sepa describirles cual es el verdadero problema, lo que sé es, que uno de los puntos del porqué sucedió esta guerra es la diferencia de los sistemas Capitalistas y Comunistas. Ahora mismo me encuentro en una base estadounidense en el sur de China, y por lo único que ruego es que mi entrenamiento de cuatro años me vaya a servir de algo, porque en realidad, no quiero morir. Extraño a toda mi familia, pero les soy sincera en el aspecto de que ya me acostumbro a estar sin ellos y casi no recordarlos. Tengo una sola experiencia de pelea contra los chinos, y por lo que veo no son nada fáciles, ya que todas mis amigas murieron. ¡Pobrecitas mis amiguitas! Tan desagradable ver sus pedazos de piel con sangre en mi hermosa cabellera raspada, pero sentí que me superé, cuando rellené de tiros a los pequeños chinos que mataron a mis amigas. De furia y desesperación por lo que había sucedido, lo primero que hice, como si fuera una bestia, fue cortarles las bolas a los apestosos y pequeños chinos que asesiné. Con las bolas chinas metidas en mi bolsillo seguí caminando y vi una pequeña casucha donde se localizaba el chino más hermoso que había visto en mi vida. Trató de salir de su pequeño hogar pero rápidamente se lo impedí cerrándole la puerta y apuntándole con mi metralleta Pérez y un energético empujón que le causó un fuerte golpe contra la pared, cayó al piso casi inconsciente como si fuera una mujer en los tiempos medievales. Con seguridad de que no se oía nadie alrededor, me quité la ropa casi rompiéndola, arrojé la metra al piso y le quité los pocos trapitos que le quedaban al hermoso chino. Con las hormonas resaltadas comencé a besarlo con fuerza ya que no se quería dejar, pero a cada rato le metía un pescozón en la cara para que me dejara hacer lo que yo quería. Sin poder esperar más le metí su pene en mi vagina y sentí un gran dolor de placer que me hizo sentir superior a los demás. Moviéndonos, el chino acostumbrándose y empezando a gustarle, se oían solo orgasmos de pasión. Hace tiempo que no había hecho el amor de manera tan violenta. Cuando el chino terminó de venirse todo pasó a otro nivel de calor, tacto y espacio. Comencé a pensar en que iba a hacer con el chino desnudo que tenía debajo de mí, pero con gran pena y sin que se me ocurriera alguna solución cogí a Pérez y le tiré todos los tiros que me quedaban. Después de cortarle las bolas y ponerlas en una cajita especial donde tenía un par de galletas, le puse más balas a Pérez. Cuando salí de la casucha más apreciada del día, observé y a la larga me di cuenta de que habíamos ganado esa batalla y me aseguré más cuando vi los helicópteros estadounidenses. Viejos tiempos, me encanta recordar los viejos tiempos, aunque lo que acabé de contar pasó hace dos días. ¡Hay que molestia! Es hora de comer... Espero que no hayan hecho pescado de nuevo, porque no pienso quedarme con hambre esta vez, ¡uy! Cada vez que me recuerdo de la primera vez que comí un pez, me recuerdo de los vómitos, dolor al evacuar, doctores y cosas que me deprimen; que horrible fue aquella cena ¡uy! Ni recordarme quiero, me da dentera. El día iba bien, hasta que mientras comía, dijeron que por la noche volveríamos al campo a pelear. Me puse fría un rato, después reconocí mi deber y que por algo había entrenado. Cuando terminaba de vestirme me di cuenta que mi base estaba siendo atacada. Con rapidez al igual que todos los demás soldados, salí con Pérez en las manos. Cuando llegue afuera vi muchos chinos y pocos estadounidenses y con facilidad concluí que habíamos perdido sin empezar. Tratando de salir de la base me hicieron parar dos chinas. Hablaban ruso y no entendía nada de lo que preguntaba, cuando no pude comprender el porque no me hablaban chino para entenderlas, alcé a Pérez y con dos tiros dentro de mi estómago maté a una de las chinas tirándoles tres tiros en la cabeza. Caí al suelo haciéndome la muerta con un dolor insoportable. Cuando oí que la china se había ido, abrí los ojos y vi un gran resplandor causado por una bomba nuclear. De ahí en adelante lo único que recuerdo son esqueletos de un montón de chinos y estadounidenses quemados.
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