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AMALIA DE NOCHE

Era una mañana fría de principios de enero. Amalia se despertó, se estiró con gusto y se sentó al borde de la cama mientras su cuerpo lograba reaccionar, salir pesadamente del sueño y del cansancio. A mí todo me ha llegado tarde en la vida, se decía todavía entre sueños, sus ojos rabiosos parecían detenidos sobre el reloj que avanzaba en su irremediable tic tac de siempre, pero Amalia miraba sin ver. – La menstruación me llegó a los catorce años, los vellos púbicos me comenzaron a salir a los quince y así por el estilo. Los juguetes que otras niñas reciben a los cuatro o cinco años, yo los vine a tener a los nueve, algunos nunca los tuve, fueron olvidados por completo, relegados a deseos y fantasías premenstruales...

Son las seis y cuarentaicinco minutos de la mañana. Se hace tarde y Amalia tiene que llegar temprano a la oficina para evitar tener que inventar excusas que, al final de cuentas, de nada sirven. Ya no quedan parientes por enterrar que no hayan sido enterrados, ni accidentes por acontecer que no hayan acontecido, ni secuestradores que la mantengan a una despierta toda la noche a punta de cuchillo. No existe, ni ha existido, en la historia médica el tipo de anemia que pueda justificar su falta de sueño. – Pero nadie entendería el que una tenga que salir como una espía en las noches, después de dormir los nenes, con el pequeño maletín de maquillaje y con el secreto y reducido vestuario para luego tener que regresar, también como una espía, antes que ellos despierten. Los nenes tampoco entenderían; pero una tiene que hacer de tripas corazones, una tiene que subsistir aunque para ello tenga que dejar el pellejo pegao sin remedio. El gobierno saliente había endeudado de tal manera la isla que en el caso de familias como la de Amalia se atentaba contra la vida misma. Tal vez por eso decidió, aún en contra de su fe cristiana, trabajar las noches en el trabajito ese. Sin embargo, si lo supieran, todos se lo echarían en cara. Los nenes, que tanto quiere, los vecinos del condominio y hasta el jefe en la oficina se lo echarían en cara. – Hoy sería bueno decirle la verdad al jefe, pensaba Amalia. Que llegó tarde porque el tiempo no le daba para levantarse ella y levantar los nenes, vestirse ella y vestir los nenes, casi arrastrarse hasta el estacionamiento y arrastrar los nenes, y rogar entonces que el maldito carro prenda, que no le dé con inundársele el carburador, que no le dé con agotársele la batería, que no le dé con tener alguna goma vacía y que los nenes, que no comprenden, ¡no griten tanto, coño!

Amalia bostezó y se quitó el camisón de dormir por encima de la cabeza con cierta dificultad. – Pero qué va a hacer una si ninguno de los dos trabajos por sí solo resuelve nada... Y para colmo, encima de todo eso, está el tránsito allá afuera que no es cáscara de coco. El jefe no entiende nada de eso porque él no tiene, como una, que mamarse el tapón de la avenida Barbosa, el tapón de la avenida De Diego, el tapón de allí detrás donde quedaba Sears, el tapón de la avenida Matadero y llegar y no encontrar estacionamiento con el chavao carro humeando porque el cabrón carro se calienta. Desde hace un tiempo se viene calentando, pero ¿qué va hacer una? Eso no tendrá remedio hasta que pueda ir a los junkers de la carretera de Caguas, o de lo contrario, esperar que les caiga un carro de estos a los muchachos de las Parcelas Falú... Amalia se rascó debajo de los senos con ambas manos y se estiró una vez más, luego sacudió súbita y repetidamente la cabeza así como gallina que acaba de tomar agua. – Lo primero es casi imposible, porque para ir a los junkers necesita una tener el dinero a mano y llevar un amigo de una con una porque como una es mujer siempre quieren coger a una de lo que una no es. Con los muchachos de las parcelas es diferente, con ellos no hay cráneo porque ellos son de por ahí, ellos conocen a una y saben que una está atrás, jodida, comiéndose un cable.

Son las siete menos cinco. Amalia miró el reloj con cierto desdén y se encaminó con pesadez hacia el baño. Las ganas de orinar a esta hora de la mañana imponen prioridades. Estas ganas no son como otras, estas son como una punzada en la vejiga que no deja a una hacer. Amalia entró al pequeño cuarto de baño y la frialdad que entraba por la ventana le estremeció el cuerpo. De súbito, sintió que cruzaba algún punto en el tiempo, como si entrase a otra dimensión. Era una sensación similar a la que había sentido otras veces, cuando pensaba que no aguantaba más, cuando hubiese querido rendirse y gritar, y rabiar, y golpear, y destruir, y enterrar las uñas y los dientes, y esconderse en el pequeño espacio entre el lavamanos y el inodoro para llorar, y llorar, y llorar, y llorar hasta morirse. Sólo que hoy, por alguna razón, algo era distinto. Hoy, Amalia se siente a gusto, casi feliz; con ese sabor a la felicidad en la boca que produce el desquite.

Sobre el fondo desteñido de la bañera duermen su sueño de goma y plástico el patito amarillo de Madeline y los barquitos de guerra de Julio Cesar. Amalia se sonríe al comprender que no está sola en la seguridad de este espacio reducido donde apenas caben los pensamientos. Este espacio íntimo, donde sólo habitan el gotereo intermitente del lavamanos y el crudo olor a desinfectante industrial que ella logra sacar de la oficina, tiene un no sé qué que hace que una se sienta protegida. Estas paredes son fieles testigos de los secretos de una; aquí, como dicen, pujan los más guapos, aquí los deseos y las ganas quedan parcialmente satisfechos, aquí lágrimas y sonrisas ocupan una misma trinchera, aquí se planean intrigas y se recuerdan sueños rotos, aquí la vida de desdobla en el tiempo real de los intestinos y el tiempo mágico del soñar despierto, el tiempo de la palabra en silencio y el tiempo de la sospecha, el tiempo de olerse por dentro y el tiempo de la higiene rutinaria del fluoruro, del ph balanceado, del acondicionador para pelo reseco y el maquillaje Revlon sobre el verdadero rostro.

Afuera, puede escucharse el cotidiano murmullo de autos y camiones que de lunes a viernes, dos veces por día, atenta contra la salud mental del país. Ese endémico concierto de pistones y válvulas fuera de tiempo, de bandas de freno en desgaste, de bumper chocando contra bumper, de ensordecedores bocinazos y vehementes cagás de madre compitiendo desesperadamente por cada pulgada de cemento como si fuese cuestión de vida o muerte.

Adentro, sentada en la taza del inodoro, Amalia gravita con desinteresada dejadez mientras el tiempo avanza lento, ininterrumpible, impersonal, definitivo, sentencioso, injusto a veces. Abajo, al chorro de orín deja una capa de espumas sobre la calma del agua que lentamente se va tornando amarilla y salitrosa. El olor de la tetraciclina que ha estado tomando por las últimas dos semanas le sube hasta la nariz mezclado con el óxido de carbono que desde la avenida se cuela por la ventana. Es el coil, se dijo mientras palpaba su ligeramente inflamado vientre con la yema de sus dedos. El madito y necesario coil, repitió. Como todo, el agrio olor del antibiótico con el tiempo se hace familiar. Así le sucedió con la inicial repulsión que le causaban ciertos graffitis en las paredes del baño del club y con el temor de salir semidesnuda a la pequeña tarima. Trabajo que hasta hoy realiza religiosamente tres noches por semana como quien dice a tiempo parcial, pero que podría hacerlo a tiempo completo porque ella es buena.

Una es buena y está buena, se dijo Amalia mientras examinada detenidamente la piel de sus muslos. – Además, el trabajito ese no es tanta cosa. Una baila con fingida sensualidad, una provoca eróticos comentarios, una deja que los dedos húmedos de ron le toquen la piel al colocar los generosos dólares bajo el cordoncito del "G" string, una guiña los ojos con sodómica lascivia, una se pasa la lengua húmeda por los labios como serpiente antiguo testamentaria, una se auto acaricia como en las revistas de pele, una abre la boca jadeando como si se estuviera... Pero no, una es una artista del simulacro, una se limita a encender pasiones como pirotécnica proscripta porque una domina las ganas y la vergüenza ¡todo es pendejá!, Se acostumbra una.

-- ¿Qué haces ahí sentada como una boba?, la familiar vocecita devolvió a Amalia al presente de lugares bien remotos, de laberínticas regiones que nunca antes había explorado. ¿Qué hace normalmente la gente en los baños?, le respondió Amalia a la figurita recortada en el marco de la puerta mientras desprendía nerviosamente el papel sanitario. Robertito era el más pequeño de los tres hijos que tuvo con Carlos, el nene no se parecía ni a ella ni a su padre en nada; o tal vez sí, reflexionó Amalia al ver el bultito que amenazaba con romper el jockey entre las piernas del nene. – ¿De quién es ese pipisote?, venga acá y dele un beso a su madre... Robertito no hizo caso, se dio vuelta y regresó a la cama con el dedo pulgar en la boca y el bultito entre las piernas amenazando con romper el jockey. Atrás, quedaron Amalia y el olor agrio de la tetraciclina inmersos en otro tiempo.

Son las siete y veinte minutos. Ya es demasiado tarde para nada. Amalia empuñó con decisión el pequeño maletín del maquillaje, ya no tiene sentido desesperarse y tragarse el café caliente a toda prisa, y no ponerse la base con calma, y el blush-on así en lugar de colorete, y las uñas y pestañas postizas, y la sombra que realce lo achinado de los ojos. Resulta sorprendente las destrezas cosmetológicas desarrolladas en tan corto tiempo. Amalia le sonríe a la figura en el espejo e intenta tararear una canción que diese fondo a ese ritual de vedetismo al cual la vida la ha empujado, de repente sintiendo que gana, de repente sintiendo que pierde. La figura en el espejo le asegura que los hombres son todos unos pendejos de dos cabezas y que una vez se les para la de abajo, la de arriba no piensa, y que un bollo como el de ella hala más que un Caterpillar de esos que usan los llamados desarrolladores para destruir las montañas y hacer urbanizaciones y autopistas y centros comerciales. En última instancia, añadió la figura en el espejo, eso del amor es un cuento chino que los mismos hombres se han inventado; si quieren amor, que paguen por ello. Amalia escuchaba con desusada atención y asentía con la cabeza a esa exposición solidaria sobre la nueva epistemología del lumpen feminista que le regalaba la figura en el espejo. Y fíjate si eso es así, fíjate si los hombres están bien atrás y son fáciles de engañar que mira cuántos cuernús hay, arremetía la figura en el espejo para consolidar, con evidencia estadística y concreta, la concientización plena de Amalia. A ese gesto fraternal y solidario de iluminación de casco, Amalia respondió con genuino interés; lo demás, dejó de tener sentido para ella. Como también dejaron de tener sentido los ocho años que vivió con Carlos. – El primer año, como en las telenovelas, todo me parecía un sueño, una ilusión de escuela superior. Carlos me ayudó a descubrir el amor así de golpe, la pasión parecía no agotarse y a mí no me molestaba tener que levantarme temprano para ir a trabajar. El se levantaba conmigo y hacíamos el amor, una veces despacio otras con prisa. A mí me daba igual. Después, yo salía satisfecha, deseosa de que el día avanzara para regresar a casa, a Carlos, y al amor...

Amalia se rasuró cuidadosamente las axilas, las palabras de su monólogo extraño y desesperado quedaban condensadas en la superficie fría del espejo. Intentó por segunda vez tararear una canción mientras se examinaba la caída de las nalgas, la figura en el espejo le confirmó con un gesto de aprobación y una guiñada la importancia del culo en este negocio. Aparentemente satisfecha con la actual condición de su zona glútea, Amalia tomó las pequeñas tijeras y retocó su profusa mata de vellos púbicos hasta formar un perfecto triángulo poco más pequeño que el del minúsculo "G" string. – Carlos decía que yo no era como las otras mujeres que él había conocido, conmigo los hombres tenían que ser verdaderamente hombres, conmigo tenían que echar el resto y se necesitaba estar en condiciones para aguantar el empuje. Yo, conciente de lo que es eso, le preparaba ponchecitos de jugo de uva con huevos de gallina del país, sopitas de cabezas de pescao con huevos de tortuga, y tesecitos de jengibre con miel de abejas y leche condensada. El segundo año, Carlos dejó de levantarse conmigo en las mañanas y de esperarme en las tardes bañadito y oloroso a talco de bebé. Yo lo cuestionaba, pero él adoptaba su vicaria actitud de perrito domesticado y me decía cualquier cosa por excusa. Yo jugaba el juego, fingía creerle con tal que me amase aunque fuese sólo una vez. Lo deseaba demasiado, y mi cuerpo también...

Mientras Amalia dice y se redice, la figura en el espejo comienza a moverse frenéticamente ensayando pasos de baile chaconianos. Amalia también contorsiona el cuerpo experimentando los límites de una sensualidad lúdicra que a veces es juego y a veces no lo es. El sudor se asoma entre los senos, debajo de los brazos, entre las nalgas de Amalia. La figura en el espejo también suda, y el gotereo del lavamanos marca la clave. Amalia es toda ritmo y movimiento, movimiento y ritmo sin otra música que su catártico y continuo monólogo. – Cuando a Carlos lo arrestaron por el robo al banco, aunque parezca irónico, fue como una bendición... En esos ocho años de pasión interrumpida y fértiles en excusas Amalia lo había dado todo y él, a excepción de su virilidad, nunca dio nada. – El nene mayor, Julio Cesar, lo echa mucho de menos; y a veces también yo, porqué negarlo. Pero a todo el mundo le llega esos momentos en la vida en los que una tiene que olvidarse del mundo y meter mano, una tiene que jugárselas frías; es como dice la canción, que una puede gastar toda la vida haciendo el amor, o gastar todo el amor haciendo la vida. Es decir, que ni pallá vuamirar, que una tiene que escoger, una tiene que decidir. Yo, a la verdad, no hubiese abandonado a Carlos si él se hubiese portado como un hombre; pero él entregó a todos los que estaban con él en el asunto ese del robo, él fue el testigo de los federales en ese asunto. ¿Y cómo va a vivir una con un tipo así?, sentenció Amalia. La enérgica aprobación de la figura en el espejo no se hizo esperar y Amalia, satisfecha, convencida, se ajustó el "G" string dorado sobre sus amplias caderas, se pegó con saliva pequeñas estrellas, también doradas, en los pezones de los senos y comenzó a mover el torso como una rumbera cubana para ver si se despegaban.

Son las ocho y treintaicinco. A esta hora ya no hay nada que hacer. Toda esperanza está perdida. Hoy el tiempo ha tendido todas sus trampas, alguien ha cambiado las fechas y las horas, alguien olvidó despertar el sol, y otro alguien espera con las manos llenas de ron y de dólares que le hacen falta a una.

Afuera, la congestión de autos y camiones crece y crece, y crece, los aparatos de radio del vecindario informan y desinforman sobre el estado del tiempo, sobre nuestras últimas decisiones tomadas en Washington, sobre los últimos asaltos a mano armada, sobre el terror de los homosexuales, sobre los últimos niños muertos a manos de sus padres, sobre los últimos actos de corrupción que nada tienen que ver con el robo sino con el manejo indebido de fondos públicos porque, como se sabe, los ricos no roban y sobre los últimos asesinatos del Escuadrón de la Muerte mientras Amalia, desde las regiones más ocultas de su mente, le sonríe a la vedette del espejo. Desde el marco de la puerta del pequeño cuarto de baño Robertito, Madeline y Julio Cesar observan a Amalia bailar y hablar con nadie por largo rato. El exceso de maquillaje sobre el rostro y el ridículo traje de baño que lleva puesto desfiguran la imagen que rumbea frente a ellos. Ella los está ignorando; esa mujer frente a ellos, disfrazada de vedette, está jugando un juego que ellos no entienden. Ella no sabe que ya no hay tiempo para juegos, además, a esta hora de la mañana y con el estomago vacío, a nadie le da ganas de jugar. Sobre todo en un día como este, tan extraño. Hoy es un día diferente, de eso no hay dudas. Hoy alguien olvidó levantarlos para la escuela, alguien olvidó preparar la avena Quaker y las tostadas con margarina Blue Bonett de todos los días; pero más que nada, alguien olvidó advertirle a Amalia que una vez más se ha hecho tarde, que son las nueve de la mañana, aunque a ella le parezca que son las nueve de la noche.

Por: Tomás Reyes
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