El
sueño del 6 de enero por:
Paolo Alejandro Amaneció
como cualquier otro día, y como cualquier otro día abrí a las seis
y media de la mañana mi kiosquito de aves en la plaza de mercado de Bayamón. Tomé la edición del día de "El Vocero" acabadita
de traer por el camión
de circulación a la tiendita del compai Enrique.
"Arrestan a 3 de la balacera
de Año Nuevo" leían las letras escarlatas del periódico aquel 5 de enero.
Suspiré varias veces, tratando de recordar en qué momento fue que este
Puerto Rico sufrió tal giro que ni siquiera las fiestas se salvaban del plomo
y la drogadicción. Ya
las Navidades no son lo mismo que antes.
Aún empiezan tan pronto se acaba
el pavo en noviembre,
pero no con un grupo de amigos asando un buen lechón mientras se bajan una
botella de coquito. Ahora la
Navidad comienza con la venta pa' madrugadores
del "Wol Mal" ese y las doñitas peleándose a las 4 de la mañana por
una "barbi" en el "Kei bi toi".
Ya no existen parrandas, ni asaltos navideños,
pues el guardia de palito no te deja pasar a la casa del compai. Ya
las casas apenas se iluminan, por el miedo de que un tecato buscando pa' la
cura, te lleve las bombillitas de la casa.
Las tarjetas de Navidad se envían,
a quien te envió una, lo que usualmente significa menos trabajo pa'l cartero...
total pa' eso ta' la dichosa internet. Eran
las ocho y pico ya cuando volví a mi kiosco
después de haberme dado un buche 'e café.
La Plaza esta vacía... bueno me refiero a vacía como que estaba la
clientela usual, la gente que ves ahí toito los días.
El revolú estaba afuera en el tapón
pa'l mol. Los niños con sus
listas kilométricas de pistolas láser y menchunches
electrónicos, escogiendo lo que sus padres tenían que regalarles pa'
Reyes. Realmente pensaba que ya la tradición había muerto, y eso
que aún
la monoestrellada no se ha convertido en cincuenta y uno.
En eso apareció
un muchachito como de unos 7 años frente a mi kiosco.
Rápidamente le
pegué un ojo, uno no sabe con que pueden salirte los muchachitos en estos días.
Tenía el pelo castaño, revuelto y algo enredado.
Andaba con una camisita
algo grisosa recuerdo de que algún día fue blanca y unos mahoncitos gastados. Tenia unas tenis Nike llenas de fango y se le notaba un bulto
en el
bolsillo de la parte de atrás del mahón. El
niño inspeccionaba rigurosamente las palomas que tenía en venta.
Le daba la
vuelta a la jaula una y otra vez. En
una de esas vueltas noté unas hojas verdes
saliendo de su bolsillo izquierdo. Me
dirigí hacia él y le pregunte: "hijo,
¿te puedo ayudar en algo?" El mocosito me miró con los ojitos esperanzados
y me dijo: "Señor, ¿cuánto cuesta esa paloma?"
"Dos dólares", le
respondí en un tono serio de negociante.
El chico entonces del bolsillo trasero
sacó una lata de Coca Cola y comenzó a agitarla agachado al piso. De
la lata salían varias perritas. Cuarenta
y siete centavos fue la cuenta final de los ahorros de aquel pobre diablo.
Se quedó ahí mirando las monedas en el suelo. Contándolas una que otra
vez, deseando haberse equivocado. En
eso sacó de su bolsillo izquierdo un ramillete de pasto fresco del río.
Todas las hojas eran parejas. Estaban
amarradas, una pegada a la otra con un pedazo de hilo de pasteles.
Algo sorprendido
por lo que parecía el recuerdo de la cultura, le dije al niño: "Buen
ramillete de pasto hijo, puedo preguntar pa' quien es eso."
El niño me
miro con los ojitos ahora algo aguados y me respondió: "pa' los
camellos de
los Santos Reyes". "¿Hiciste
el ramillete tu solito?" le pregunte.
El movió
la cabeza afirmativamente mirando al suelo.
Me agaché junto a él y le pregunté:
"Y quien te enseñó a hacer tan buen ramillete", a lo que el chico
murmuró "mi abuelito". "Ta'
bueno eso chico" le dije, mientras le daba
unas palmaditas en la espalda. "Con
tan buen ramillete, de seguro los reyes
te traen muchas cosas." El
chico entonces me respondió: "no es para mí"
"Ah, no? Y eso?" El chico permaneció en silencio.
Entonces le pregunté, "oye
hijo... y pa' que querías tu la palomita" El chico me miró llorando y me
dijo: "Pa' que lleve el pasto a la casita de mi abuelo en el cielo pa' que
los Reyes le traigan la camisita que a él le gusta".
El niño volvió a contar
las monedas. Entonces, agarré la paloma y un pedazo de cordón viejo que
tenía, sin que se diera cuenta tome el ramillete de al lado del niño y lo
amarré a la patita de la paloma, y la solté.
"Mira hijo, mira..." Así como
la paloma se elevaba, la sonrisa del niño se dibujaba.
Me dio un abrazo
fuerte, su manera de decir gracias y se fue corriendo y brincando de la
plaza. Y allí en la plaza, un viejo avícola sonreía, porque aún
la tradición
se mantiene viva. FIN
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