[borders/top.htm]

QUILLS

Dir: Philip Kaufman

Por: Carlo Andrei Cubero

Le toca ahora al Marqués. El pornógrafo más famoso. El más querido, el que nos bendijo con formas noveles de disfrute. Construyó un espacio en el cual era necesario modificar el diccionario. Lo queremos por lo rebelde, por lo sincero, por su imaginación chocante y sus citas morbosamente deliciosas. Lo odiamos por lo grosero. Por invocar imágenes de cuerpos insalubres y por defecar en los tabúes más sagrados. Lo leemos y lo imaginamos, pero a escondidas. Es literatura repugnante y sucia, nos encanta. Sade desenmascara nuestro deseo más íntimo de adquirir libertad sexual. De lograr la última fantasía, lograr expresar y manifestarse en total libertad, emancipado de las pesadas cadenas de la conciencia.

No colocamos a 120 Días de Sodoma en el librero al lado de las novelas de Saramago y las compilaciones de Cortazar, Ah no. La guardamos entre las medias y los calzoncillos, encima del Opus Pistorum de Miller con cualquier otra pornografía sofisticada que poseamos. Por que lo que escribe Sade es pornográfico. No debemos de perder esa perspectiva, que la pornografía se manifiesta en un plano aún por definir. No es arte, pero no falla en evocar sensaciones estremecedoras. Salva y destruye vidas, divierte y abochorna, no logra saciar; lo sueltas despreciadamente, luego de consumir un pedacito. Al cabo de unos días le regresas ansioso para el próximo capítulo.

Entonces tenemos una película que se mercadea como una representación, quizás biográfica, de los últimos años de la vida del prototipo del libertinaje burgués, el Baco moderno. En el afiche de los créditos aparece nada más y nada menos que el director Kaufman, un tipo dulce para las tomas sensuales. Conocido por la adaptación de La Incontenible Levedad del Ser una novela de Milán Kundera, aparentemente muy difícil de adaptar. El mismo que le puso los pelos de punta a los moralistas cénsuros, con su Henry and June. Me tendré que preparar.

Una botella y media de vino en estómago vacío y parto a la sala. Llego temprano, a propósito, para atemperar el estómago con unas tapas de un jamón salado con calamares. "Cerveza ahora por favor". Será mi propósito prepararme en ánimo, tendré que realizar algún tipo de intento sexual. Siete mesas detrás el olor a pelo rojo natural, ojos para verde y labios inflamados. En un acto no bien pensado, evoco mi confianza adulterada por tapas, y la invito a la sala conmigo. No fue gran esfuerzo, ella ya tenía su taquilla paga.

Quills no pretende ser una película muy histórica ni biográfica, no le interesa revelar el lado no conocido del mito Sade. Utiliza los tiempos de la democracia natal y el personaje del maestro sádico para traernos una historia cómica, romántica y amena sobre la libertad, el sexo, el amor y la tolerancia. Nuestro héroe es un artista malentendido en una sociedad (que se está repensando) llena de miedos y tabúes. En la narrativa, lo que produce Sade no es pornográfico ni inmoral. Es arte erótica, necesaria para el desempeño natural de la sociedad. Aquellos en el poder político, quien también tienen ingerencia sobre el juicio moral, no aceptan la sexualidad de Sade como una divertida y natural. La ven como blasfema, atenta contra los valores de la iglesia, familia y cultura. No desean aceptar la honestidad y genio del Sade ficticio; es encarcelado.

En la cárcel, que funciona más como manicomio, Sade continúa manifestándose y publicando. Como todo artista apasionado, es imposible de cohibirlo o censurarlo. Su celda es sucia como su peluca, sus libros y juguetes del sexo están insalubres, sus dientes están mantenidos. Por los pasillos caminan enajenados deformes, sucios y feos. Excelente escenario para un cuento sadista. Pero se vuelve teatral y limpio con la representación del abad administrador (Phoenix), y la mucama virgen pero no virginal (Winslet).

El cuento me recordó al motivo del liberador de las masas enajenadas presentes en películas como One Flew over the Cuckoo's Nest y Hombre Mirando al Sudeste. El motivo de liberador al que me refiero consiste de un personaje-individuo ajeno a una institución-hospital que es internado por la falta de imaginación y tolerancia que tiene el estado. Siendo el hospital, con su imagen salubre, el ideal falso de una sociedad conforme, consistente y homogénea, insensible a los encantos específicos de las personas que allí habitan.

Pues, en este espacio entrará un héroe, un individuo que sabrá como burlar la autoridad utilizando su imaginación y carisma, aprovechándose del supuesto derecho que tiene cada individuo a trato sano y a su libertad de expresión. El héroe ara realizar a sus compañeros confinados sobre la farsa de la enfermedad y de la conformidad, llevando a cabo una escena catártica de energía, alegría y expresión. Este tipo de héroe estira la paciencia de las autoridades, llevándolas a recurrir a la ultima solución. Siendo la moraleja algo relevante a la ilusión de la libertad y de la responsabilidad que tenemos de expresarnos como individuos y manifestar la alegría que es la vida.

No es mi intención restarle mérito ni originalidad a la narrativa, para eso estará el gusto particular de cada vidente. A mi me parece interesantísimo el trato que recibe el Marqués, como liberador. El personaje realiza el efecto que hace su literatura pornógrafa, inducir a los lectores a expresar toda emoción de alegría, eroticidad, lujuria, éxtasis. La ausencia de gráficas explícitas y situaciones sádicas, que las hay pero no ocupan el primer plano, son sustituidas por un dialogo teatral, dramático y exquisito; mi línea favorita cuando el abad le dice al Marques que no es nada que un hombre malcontento que sabe deletrear. O cuando Sade invita, cínicamente, al abad a tener sexo, irreverente pero elegante. El final es triste. Es ficción, no es tanto un estudio biográfico como un acercamiento a la literatura del Marques de Sade.

Encontramos a Sade en Geoffrey Rush. Unas líneas para este actor. Su cuerpo no es sensual, su cara no es atractiva, su mirada da pena, y lo sabe. Conoce cada centímetro de su cuerpo feo, y lo utiliza. Es su medio. Un mimo, un payaso, no en el sentido ridículo sino en el sentido corporal, que conlleva su emoción en la manera de mirar, de la colocación de su mano. Aún no se me a borrado de su mente la escena en que Sade/Rush dicta por una ventana de su celda su más reciente cuento de lujuria mientras se encuentra en su celda desnudo y sudoroso, su pierna izquierda está levemente arqueada y su mano hace un gesto erótico exploratorio entre sus nalgas, mientras saborea sus palabras, quizás la parte de la película que más se acerca a lo que yo conozco como Sade, que es limitado.

No salí de la sala sádicamente erotizado como esperaba. No me molestó, me divertí muchísimo. Nos acompañamos a algunas copas, pero todo de lo más ameno, cómico y romántico. Nada de sadismos ni artefactos intimidantes, de pegarnos y mutilarnos en calidad permanente, lo cual estaba en entera disposición de hacer unas dos horas atrás.

Ver más reseñas

 

[borders/bottom.htm]