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Lost Highway

Dir. David Lynch

Carlo A. Cubero

Se supone que redacté una reseña que describa mi experiencia sobre una película que he visto recientemente, preferiblemente un nuevo estreno. El editor es muy permisivo y como tengo cuota, le ofrezco esto. Estoy dispuesto a defender una reseña de una ciudad/película y pasarla como kinoscópica.

Estaba de viaje, definitivamente un lujo no saludable a mis finanzas. Me parece que no tenía opción, tenía compañía interesantemente sexual emocionante. El tren de Ámsterdam a Berlín fue abordado de noche por razones de logísticas. La experiencia de estar en una cabina  por ocho horas, navegando por paisajes de misterio nórdico, despierta en este kinóscopo ciertas fisicalidades vampíricas,  al ritmo  sincopado por un tren que se serpentea sobre rieles.

Berlín, protagonista de los conflictos humanos de la modernidad, música, arte y sede del festival de cine más grande del mundo. Einstein, Marx, muralla, Heidegger, lenguaje y literatura con matemáticas. Suficientes razones académicas para ir, aunque las intenciones se nublaban al salir de Ámsterdam, ciudad del pecado planificado en formato familiar.

Llegamos a Berlín a la mañana. Bahaus, gótico, S-Bahn, U-Bahn, U2, U7, U12, guerra fría, tibia y caliente, motines, música, contra cultura. Una dilapidación sofisticada, modelos y ejecutivos agarrados de mano de ponkos andrajosos. Una ciudad musical, una sinfonía violenta. Tiene en cada edificio, en cada barra de 24 horas, una sexualidad escondida entre colosos. Una yombina ansiosa por explotar por las avenidas flanqueadas de edificios macizos. Un Goliat en posición fetal, herido, sangrando, suda y emana unos olores de cubil de fiera. Una plasma blanca desinteresada por abstracciones y subjetividades sensibles. Sin embargo, cuidadosamente planificado; paradojas y contradicciones envueltas en enigmas.

En Berlín había una pared imperial e extranjera que simbolizaba la repartición de bienes mundiales entre las fuerzas imperiales del siglo XX. Dos imperios en conflicto, sin real diferencia en método. Prenzlauer Berg, barrio del noreste de la capital federa, aún manifiesta los abusos de un fascismo comunal de igual manera que Charlottenburg, al oeste, aún sufre de los remanentes de una democracia mentirosa con disfraz de capitalismo. Pero no hablemos de cosas tristes, hablemos de alegría y películas.

Decidimos ir al cine. “Lost Highway” en un teatro alejado de nuestra localización. Cerca del corazón del Prenzlauer Berg hay una serie de edificios demacrados. Siguiendo los rótulos de avenidas perdidas y de personas que se dirigían en la dirección general nos adentramos a lo que parecía ser una plaza arruinada; tenía flores y fuentes, lavandería, cafetería y en una esquina insconpícua, un cine. “Blow-Up”, bautizado en honor de la película realizada por el último neo-realista italiano. Constituye de dos salas, a las cuales puedo entrar con cerveza en mano. “Dos boletos para la sala 1 y tres cervezas”, los boletos y tres pintas en vasos de cristal. Al entrar me enfrento con los créditos iniciales, llegar justo a tiempo me crea una sensación que la actividad va a ser un éxito. La sala 1 es pequeña, calurosa y apesta a ser humano, me quito las botas para hacer mi contribución al hedor.

El cuento de “Lost Highway” me parece relativamente sencillo, contrario a las reseñas que he encontrado en la internet. Si el lector enmarca el cuento de  “Lost Highway” en el contexto de la narrativa clásica de Hollywood, el espectador podría apreciar las instancias en que los realizadores (que en ese caso se acredita a Lynch por todo, hasta los muebles de la casa en donde vive el saxofonista) crean suspenso mediante la ruptura del esquema narrativo convencional, a la vez que establecen los temas mediante convenciones tradicionales de cine. 

Reduciendo el cuento a lo que me parece ser su esencia. Un músico conocido, su música suena por la radio, mata a su esposa. Su bella mujer es caracterizada como la clásica femme fatale, esas horribles bellezas que siempre llevan motivaciones ulteriores y nefastas. Su fuerza sexual se nutre de las debilidades del hombre dejándolo impotente. Nuestro héroe, realmente simpatizamos con el hasta estamos dispuestos a pensar que es inocente, es sentenciado a muerte. En su celda, esperando su sentencia, se va enfermando y sufre de una serie de alucinaciones angelicales y demoníacas, simultáneas. El saxofonista se transforma violentamente en un mecánico de 24 años que vive con sus padres.

El cuento toma nuevas direcciones por dos razones; primero, dejamos a un lado a nuestro héroe trágico que toca un saxofón poderoso y seguimos las andanzas de un joven mecánico;  segundo, el proyeccionista pasó por el proyector la cinta equivocada. Al acabarse la escena en que se nos explica la identidad del joven desconocido en una celda que se supone esté ocupada por el asesino de esposas, vemos escenas totalmente irrelevantes a lo que está sucediendo. Tomó unos minutos para darnos cuenta de que algo andaba terriblemente mal en la continuidad y unos minutos más en lo que el proyeccionista arreglaba el enredo de cintas. Aproveché la coyuntura para buscarme tres pintas más en la confitería.

Nuestro mecánico es librado de la prisión y retorna a trabajar. Es seducido por la amante de uno de sus clientes, que es un gangster bastante notorio y bravo. La amante es idéntica a la ex esposa de nuestro primer héroe (eliminada, narrativamente, a la “Psycho”) con la diferencia que esta es rubia. Continuamos conociendo mejor a los personajes y vamos infiriendo que hay un tipo de enlace cosmológico, sicológico, quizás hasta biográfico, entre el músico y el mecánico y las dos mujeres. La figura que ata esta extraña relación es un individuo que, por culpa de nuestros prejuicios e asociaciones culturales de imagen, lo identificamos como un ente malvado. La historia continúa hasta llegar  a un desenlace en el cual podría ser que todos los personajes, vivos, saben los detalles de lo que ocurrió pero nosotros nos quedamos a oscuras.

Sinceramente, no me ocupa mucho tiempo descifrar las inconsistencias temporales y aclarar el papel específico de cada calle o personaje. Por las calles se encuentran individuos que no representan claramente el papel que juegan en el drama. Incorporarán simultáneamente papeles musicales, sociales y sexuales en flujo; contradictorios en un plano cosmológico, sicológico y definitivamente biográfico. Seguramente para sus compañeros de escena no podría ser más obvia la manifestación expresa en el claustro de los trenes subterráneos o en las colosales avenidas de 14 carriles. La cultura musical ecléctica establece el ritmo, contradictoriamente sensual, de las secuencias tanto del este como del oeste.

Salimos del “Blow–Up” a perdernos en las avenidas perdidas de una ciudad que posee una temporalidad múltiple. Una estructura y planificación perfecta, caótica y contradictoria. Habitantes e imágenes, que rompen con la narrativa clásica de una ciudad, deambulan por sus strasses con eficiencia y diligencia. 

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