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The Exorcist

Dir. William Friedkin

Por: Carlo Andrei Cubero

Mi intención inicial era comenzar esta reseña con comentarios cínicos acerca del nuevo año/ milenio. Era mi deseo burlarme de las interminables listas que clasificaban lo mejor del año a la vez que reconstruyen los eventos de un año que ya pasó. Iré al punto.

La mejor película del año 2000 fue El Exorcista. Lo siento, pero en esta época de rápida comunicación y de perpetuo estado de investigación para estar enterado, la cosa se ha puesto complicada. A eso sumamos la tendencia que hay en la industria de cine de realizar proyectos con capitales y talentos transnacionales. Antes, las películas más populares, aquellas que cautivaban a los críticos y al público, eran presentadas en las salas más convenientes. Al llegar el final del año natural  los medios proclamaban las mejores películas, nosotros estábamos al tanto. Igualmente, al finalizar el año fiscal, en verano, sintonizábamos los premios Oscar para celebrar o llorar, como en eventos atléticos, la victoria  de las películas que más  nos cautivaron durante al año. Ahora, el drama es menos emocionante, cuando la mayoría de las películas nominadas para los Golden Globe y Oscar apenas nos enteramos de ellas. “Traffic”, “Sunshine”, “Wonder Boys”, “Boys Don’t Cry”, “Chocolat”, “Before Night Falls”, “O’Brother Where Art Thou”, “Shadow of the Vampire”, “Hamlet”, para mencionar algunas; a penas han pasado por nuestras salas, al menos las que yo frecuento. Nos enteramos de ellas por las prensa estadounidense, por revistas de cine, por la Internet y finalmente cuando sean nominadas para los premios cotizados.

Mi selección será sencilla, como El Exorcista. La película más inteligentemente y sencilla  que llegó a las salas más accesibles este año. Aquel que esté harto de las narrativas contemporáneas que brindan toda la información pero aún pretenden mantener suspenso (como en “What Lies Beneath”), estará muy de acuerdo conmigo. La narrativa de El Exorcista es una perfecta de horror. Se compone del ingrediente principal necesario para un buen cuento de miedo, lo oculto (pasión) puesto en contraposición con la ciencia (razón), teiendo prepotencia temprana, la pasión: la imaginación.

Comenzamos como debería de comenzar toda obra de horror destinada a ser un clásico, con el Oriente, con lo desconocido. Dentro de ese laberinto confuso de religiones y antigüedades se presenta nuestro héroe; lo conocido y estético. Un proyecto magno arqueológico se esta llevando a cabo. Al mando, un jesuita blanco, alto y enfermado por el ambiente extraño. La Europa imperialmente curiosa es representada por un arqueólogo, el Padre Lancaster Merrin (nombre que recuerda a las aventuras del Rey Arturo)  que es encarnado en la pantalla por el mejor actor del viejo continente, Max von Sydow. Lo inevitable ocurre en una investigación arqueológica de horror, el héroe inteligente y ambicioso encuentra una misteriosa pieza, en el corazón de la Tierra Prometida que a la vez es prohibida por el occidente. El hallazgo de la piedrita lo lleva a un proceso de reflexión, andando las calles sin rumbo. Tan envuelto está en su reflexión, asumimos por el recién descubrimiento de la piedra tallada, que camina sin rumbo ni aparente referente ni propósito por calles y ritos sagrados, paganos para el y misteriosos para nosotros. Camina sin dirección ni brújula hasta que se encuentra con su enemigo frente a frente. La imagen y semejanza del Satán, en el contexto de un crepúsculo magnánimo; crepúsculo representando la muerte, la finalidad del día en contraste al amanecer con su inferencia a la resurrección y esperanza del nuevo día y la nueva vida. A un lado, al pie de la loma en donde los gladiadores del bien y del mal se miran y se miden, dos perros, uno negro y otro blanco se enredan en feroz batalla.  

El cuento que sigue lo recordamos todos muy bien. El cuento del Exorcista sea convertido en un texto de cultura. Lo que se nos ha olvidado son las sutilezas. Recordamos el miedo, pero las razones por las cuales no dormíamos se nos han olvidado. El miedo del cuento utiliza las instituciones más firmes de la conciencia de occidente como su medio. Nos da miedo los asuntos ocultos de un sacerdote católico, de padres inmigrantes de Greica, perdiendo su fe. Nos da miedo la violencia con que la ciencia inepta y arrogante intenta de diagnosticar nuestra  inocente favorita, a sabiendas nuestras, que no van a lograr una respuesta. Nos da miedo el diablo, la voz del mal, la violencia de los sonidos, el juego psicológico de Lucifer.  

Nos da miedo el contexto en el cual todo esto ocurre. El enemigo de Dios ha escogido como su campo de invasión un recinto universitario de la capital estadounidense. Un recinto universitario es un espacio propio para el diálogo, el flujo de ideas, tolerancia, intelectuales y utopías, lo contrario al infierno. Una universidad en donde hay una residencia jesuita, la orden de avanzada científica del imperio católico. Una población burguesa y acomodada en donde reina la estabilidad, el sosiego y los valores liberales.

Nos da miedo el hecho que todos los personajes son inteligentes, amables, con emociones e intelectos sofisticados y controlados. La madre de la víctima es una madre soltera, artista y liberada. Su exposo, que figura como un ente no presente se encuentra en algún hotel de lujo en un país romántico-exótico pasándola de fiesta mientras su hija dulce, pre-puberta sufre. Los sacerdotes son inteligentes, conocedores de la cotidianeidad humana; son inseguros, burgueses y  proletarios, se alegran se enfurecen en venganza, beben y fuman; son humanos.

Las vícitmas no poseen fallos morales que caracteriza el horror de The Omen, Jaws y las demás morbosidades. El primero en morir no es el típico imprudente, sino un director de cine de lo más excéntrico y divertido, mi perosnaje favorito. Los últimos en morir son los héroes. Y ahí llegamos a la discusión inevitable del final de la película; un final tan especial y perfectamente abierto, dual. ¿Quién ganó la batalla entre los polos morales? Fue el sacerdote atormentado por su falta de fe quien siguió  el ejemplo del ideal de Jesús, quien tambíen dudó, y entregó su vida por la humanidad; sacrificando su cuerpo para eliminar al espíritu forastero del mal? ¿O se apunta el Diablo una victoria al lograr la destrucción de un siervo de Dios, quien por cometer suicidio está destinado al infierno? A mi no me importa la batalla moral. Lo que me intriga y me deja aterorizado es el genio detrás de la conclusión ambigua.

La versión que se exhibe este año está siendo mercadeada como la versión original. La versión  que el director siempre quiso que veamos pero los productores no lo permnitieron. La estrategia fue efectiva, la sala estaba llena cuando yo fui, las dos veces. El mercadeo despierta en todos la curiosidad de lo prohibido, aquello que nuestros tíos no fueron permitidos ver por culpa de unos productores avaros. Pero nosotros si. Nosotros que fuimos vícitmas de enviadas a dormir cuando la película estaba siendo exhibida por la televisión  Nosotros si tendremos la experiencia de verla por pirmera vez. No estamos preparados, incluso bajamos nuestras defensas porque se supone que no nos de miedo una película que es más vieja que el reseñista. Ya hemos visto cosas peores, nos dimos cita en la sala para ver un documento histórico. Tremendo pasme se dio la sala cuando la cama de la niña pegó a brincar y cuando esos curas le gritaban al diablo. El tiempo es el mejor juez en estos asuntos. Si el texto continúa es bueno.

El Exorcista fue la mejor película exhibida en el año 2000. Estamos haciendo trampa porque es un clásico reciclado, pero realmente no tenemos otras opciones. William Friedkin no logró hacer otra película de proporción pero está Cruising, con Al Pacino.

 

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